lunes, 5 de septiembre de 2016

Para los maestros


Septiembre


Esta carta la escribí hace dos años respondiendo a la consigna de trabajo de un curso que estaba haciendo. En ese momento sólo se la entregué a las docentes con las que trabajábamos más de cerca. Hoy la dejo acá, porque la búsqueda continúa y mi carño y admiración por los docentes que tienen alma de buscadores crece cada día.


Ramos Mejía, septiembre de 2014
Queridos amigos:
                                El mes de septiembre huele a tizas y pizarrón, a aserrín de lápices de colores, a ramitos de flores, a guardapolvos. Huele mástil, a patio, a registro, a pañuelitos de papel, a sellitos, a caritas felices y tristes…. El mes de septiembre, indiscutiblemente, huele a escuela. Y en nuestra escuela el mes de septiembre también huele a aljibe, y a fresnos y tilos que despuntan.
                          Tanto perfume, y la proximidad del día del Maestro, me trajeron la idea de compartir con ustedes estos pensamientos que tienen que ver con lo que vivimos juntos cada mañana y cada tarde, con lo que nos reúne y también con lo que nos enfrenta, con lo que nos emociona, nos peocupa, nos enoja, nos hace pensar.
                                Muchas veces, a lo largo del año, fuimos intercambiando opiniones y pareceres sobre lo que vamos viviendo. Miles de veces comenzamos a enhebrar algunas ideas a las que el toque de timbre inevitablemente dejaba inconclusas junto con el cafecito que las inspiraba. En montones de oportunidades me encontré a mi misma soliloqueando,  rumiando alguna idea, algún texto que había leído, alguna expresión que había escuchado. Pensé entonces, que para este Día del maestro, podía hacerles un regalo hecho de palabras, contándoles esas cosas que me van rondando la mente y el corazón a propósito de esta tarea tan hermosa que nos convoca, y que la corrida de todos los días no nos permite compartir. No son ideas muy ordenadas; sino más bien una catarata de sentires y pensares, dichos así como me inundan.
                              Si algo caracterizó a este año de trabajo, fue que nos vimos impelidos a encontrar modos de acompañar a algunos chicos desde un lugar distinto al que lo hacíamos habitualmente. De pronto, se multiplicaron las situaciones en las que los modos conocidos, institucionalizados, los que pensábamos como propios de lo escolar no nos alcanzaban. Nos encontramos con niños que desafiaban nuestro saber con su impulsividad, con su lenguaje obsceno, con su intención de dañar, con su falta de registro del otro. Niños “inacotables” que nos confrontaron con nuestro límite tanto en lo personal como en lo institucional.
                             En algún momento sentimos que no íbamos a poder. Apareció la pregunta en torno a si la escuela tenía que ocuparse de estas cosas o si era era un exceso que nos eximía de responsabilidad. Fue una pregunta que generó muy diversas posiciones: hubo quien se angustió y se inmovilizó, quien se asustó y se negó a involucrarse, quien se enojó y cuestionó duramente y hubo quienes mantuvieron la pregunta abierta y algunas respuestas pudieron empezar a desplegarse (en realidad, creo que todos fuimos pasando, simultánea o alternativamente, por esos lugares). Así, fuimos encontrando juntos nuevos modos de alojar niños nuevos. Pudimos pensar muy en singular algunas alternativas, vislumbramos que no eran las grandes intervenciones sino los pequeños gestos de hospitalidad los que iban a marcar la diferencia. Y entonces vimos un niño donde sólo había un caso, escuchamos el murmullo de su deseo por sobre lo que gritaba el diagnóstico, armamos un juego con lo loco. Y al ver, escuchar y armar le dimos existencia!
                                   Pienso en lo difícil que habrá sido para muchos de ustedes hacer este pasaje. La escuela en la que fuimos alumnos, las formas escolares por la que estamos atravesados nos cuentan otra cosa. La escuela de nuestro imaginario está hecha de objetos y gestos que hablan de control, de asimetría, de sospecha, de transmisión, objetos y gestos “portadores de metáforas que nos atraviesan y condicionan nuestras decisiones y nuestros modos de sentir y pensar la escuela(1). Hemos ido avanzando, permitiendo y hasta disfrutando de que nuestros chicos personalicen sus objetos, permitiendo que algo de lo particular de sí mismos quede representado en ellos, y también nosotros fuimos personalizando los nuestros (no imagino a la Hermana Georgina de mi escuela abriendo el aula con un llavero de rana de peluche, ni a la Srta. Mary dibujándonos caritas con lapiceras de brillitos) pero ¡cuánto más difícil nos resulta pensar en personalizar los procesos! Todavía lo sentimos como una transgresión a los ideales escolares más sagrados. En algún lugar, casi sin que nos demos cuenta, el “todos igual, al mismo tiempo, de la misma manera” sigue causando efecto. Estamos tan acostumbrados a pensar la infancia como un dato directamente relacionado con lo cronológico más que como el individualísimo encuentro entre lo singular del sujeto y el modo en que la cultura da significado ese tiempo de la vida, que nos exige todo un esfuerzo permitirnos ver las diferencias abismales que existen entre la experiencia infantil de un niño y otro que, vestidos de uniforme y con las mismas tareas en su cuaderno, parecen casi iguales.
                                Sin embargo, cuando logramos verlo, y podemos poner en suspenso lo que los distintos informes (el del psicólogo, el del neurólogo, el del grupo de padres, el del maestro anterior, el de su madre…) explican de él y hacer lugar a nuestra nuestra propia mirada, nos encontramos con la luminosa experiencia de asistir al despliegue de algo nuevo, algo del orden de lo inesperado, de lo sorpresivo en el mejor de los sentidos.
Al respecto, les dejo este pedacito de un hermoso texto de Jorge Larrosa:

“… la infancia no es nunca lo que sabemos (es lo otro de nuestros saberes), sin embargo es portadora de una verdad que debemos ponernos en disposición de escuchar; no es nunca la presa de nuestro poder (es lo otro que no puede ser sometido), pero al mismo tiempo requiere nuestra iniciativa; no está nunca en el lugar que le damos (es lo otro que no puede ser abarcado), pero debemos abrir un lugar que la reciba. Eso es la experiencia del niño como otro: el encuentro con una verdad que no acepta la medida de nuestro saber, con una demanda de iniciativa que no acepta la medida de nuestro poder, y con una exigencia de hospitalidad que no acepta la medida de nuestra casa.”(2)

                                                    ¿No es una manera preciosa de describir la función del educador? Siempre que leo estas palabras pienso en la estuctural contradicción que plantean: un saber, un poder y un alojamiento que no pueden no estar pero que, para ser eficaces, deben ser incompletos. Lo adecuado de su función radica en su inadecuación, en la presencia de lo que falta, en la ubicación de un lugar vacío que esté disponible para alojar lo nuevo.

                                                    Pero no es sencillo encarnar este lugar.  Hay que pasar el vértigo que nos produce no tener todas las respuestas y disponernos a asumir el riesgo del encuentro con lo inesperado, con la certeza de que el riesgo que asumimos en esa apuesta a favor conjura otro riesgo, el que opera como amenaza y acecha la infancia de nuestros niños, quienes se encuentran sometidos de múltiples formas al brutal encuentro con el sexo, la crueldad y la muerte, encuentros frente a los cuales su precario psiquismo no tiene recursos,  ofreciéndonos como resultado niños agitados, desconectados, dispersos, reactivos…  

A propósito, les dejo este otro extracto, esta vez de P. Zelmanovich:

            “...es posible sostener la idea de que a los adultos en las escuelas nos cabe la función, la responsabilidad de preservar al niño ejerciendo, ejercitando nuestro papel de mediadores con la realidad, porque esa mediación opera como pantalla protectora. Ejemplos elocuentes de esa mediación son la respuesta al pedido del cuento que hace el niño antes de dormir (…), o la señorita Alicia quien, cuando llegan Marian de muy mal talante al aula de tercer grado y les pega e insulta a sus compañeros, media poniéndole un limite al desborde, sin desentenderse del padecimiento que sufre en su hogar con un padre desocupado y una madre que trabaja de la mañana a la noche, pero ofreciendo “ocasiones” de encontrarse con buena literatura, aunque al comienzo siempre la rechace.(…) Esto nos lleva a pensar que lo que se juega hoy entre un educador y un alumno, para que se logre una transmisión, es el ofrecimiento de esas referencias, de esos significados que le permiten al alumno construir su diferencia, que es su propia palabra. Y en ello va la asimetría, la protección y el reconocimiento de la vulnerabilidad del niño. De allí la necesidad de pensar y operar sobre las dificultades que tenemos hoy los adultos para sostener una asimetría frente a los chicos, que constituye, en definitiva, el soporte de esa trama de significados que ampara y protege”(3)

                    “Lo más hermoso del desierto es que en cualquier lugar esconde un pozo”, dice Saint Exúpery en los labios del Principito. No dice que en el desierto necesitamos agua, sino que el agua está en el mismo desierto. Estoy convencida de que es así: es en las entrañas de las debilidades donde se gestan las fortalezas.  El texto de P. Zelmanovich nos da algunas pistas acerca de cómo hacer brotar agua en el desierto. Seguramente cada uno de ustedes y todos juntos iremos encontrando otras, como lo hicimos en estos últimos meses. A mi no me queda más que darles las gracias por la tarea compartida, por las preguntas, por las incertidumbres y por dejarme estar ahí, a la par, acompañándolos en el camino.
                    Y hablando de conjurar fantasmas con relatos, me despido con el comienzo de un poema de Rubén Darío que mi papá me recitaba cuando era chica y que yo escuchaba cada vez como si fuera nuevo:

                              A Margarita Debayle

                          “Margarita, está linda la mar
                           y el viento
                           lleva escencia sutil de azahar.
                           Yo siento
                           en el alma una alondra cantar
                           tu acento.
                           Margarita, te voy a contar
                           un cuento…”
              
                                                                Con todo cariño, María Susana

jueves, 18 de agosto de 2016

"El tiempo pasa..."

Hay momentos en la vida en los que las pequeñas prácticas cotidianas empiezan a mostrarnos que algo está cambiando. Gestos sencillos, que antes hacíamos casi automaticamente, sin prestar demasiada atención, comienzan a demandarnos un esfuerzo distinto, una atención exclusiva que nos permita la mayor precisión posible. Una de esas prácticas, sin duda, es la de enhebrar el hilo en la aguja. Me veo a mi misma queriendo coser un botón en el último minuto antes de una salida, haciendo mil y un intentos con la hebra de hilo y la aguja, acercándolos uno al otro pero sin poder hacerlos coincidir. Mientras, las gotas de sudor comienzan a correr por las sienes arruinándome el brushing y llevándose los últimos minutos con los que contaba para terminar de arreglarme y buena parte de mi buen humor
Inútil. Por más que humedezca la punta del hilo y le apunte con ganas, por más que me ponga a contraluz,  si no me pongo los lentes...

miércoles, 27 de julio de 2016

"Dibújame un cordero..."

"Por favor, dibújame un cordero..." 

Así se dirigió el Principito a un perplejo y fastidiado aviador en medio del desierto. Y la demanda se repetió hasta el agotamiento del aviador, quien -cuando creyó que ya no tenía ninguna otra verisón del cordero para ofrecerle al exigente personaje- inventó una caja con tres agujeros por los que mirar.

  “-Ahí tienes. El cordero que quieres está adentro”

    Y ahí el milagro se produjo.  Contra todos los pronósticos esa fue la respuesta que satisfizo al Principito. Los agujeros de la caja fueron una invitación a mirar que inmediatamente aceptó y entonces fue él mismo quien encontró el cordero que buscaba. . Cuando no hubo un único cordero todos los corderos se hicieron posibles.

“Me sorprendí mucho al ver que se iluminaba el rostro de mi joven juez:
- ¡Es exactamente así que lo quería! Crees que este cordero necesite mucha hierba?
- ¿Por qué?
- Porque en casa es todo pequeño...
- Seguramente le alcanzará. Te di un cordero bien pequeño.
Inclinó la cabeza hacia el dibujo:
- No tan pequeño... Mira! Se durmió...
Y fue así como conocí al principito.” 


     Quizá esa sea una manera posible…quizá ser educadores tenga que ver con dejar de ser aviadores perdidos en el desierto y transformarnos en dibujantes arriesgados, capaces de inventar y garabatear otra cosa que no sean tristes versiones de lo mismo, dispuestos a la aventura del encuentro con lo nuevo y a transformar nuestros desiertos en manantiales de posibilidad.


-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------El texto entrecomillado pertenece al Cap II de "El.Principito" , de A. de Saint Exupery