domingo, 11 de octubre de 2020

 

Soñadores, contra viento y marea

Egresar a la vida en un mundo incierto

 

   Con la primavera recién estrenada esta época del año suele encontrarnos haciendo planes. Planes sobre las fiestas de fin de año, planes de vacaciones, planes para el año próximo… Es como si la tibieza del sol que empezamos a sentir en la piel y los brotes que revientan en las ramas alimentaran nuestra veta soñadora poniéndonos en modo futuro. Este fenómeno es particularmente evidente en los jóvenes que, a punto de terminar su escuela secundaria, vislumbran la cercanía de un giro significativo en su vida marcado por el cierre de la etapa escolar y el inicio de una vida más autónoma e independiente. Una proximidad que, por un lado, pone en evidencia todo lo conocido que queda atrás, llenando el ánimo de ambivalencias que anudan la garganta pero que, por otro lado, le pone alas a los sueños e infla los pulmones con el aire nuevo de lo por venir para que dar el salto sea posible.

Pero ¿qué pasa cuando parados en la encrucijada, el panorama es poco claro, cuando la visibilidad es pobre y dificultosa, cuando por todos los canales llegan advertencias acerca de las pocas probabilidades que existen de que al final del camino encontremos lo que vamos a buscar? ¿Cómo se hace para dejar el lugar conocido y seguro y apostar nuestras fichas a un futuro al que es tan difícil darle un sentido? ¿Qué podemos hacer para acompañarlos en sus angustias?

Decisiones que vienen de lejos

 Quizás sea importante antes que nada pensar que la posibilidad de definir nuestro lugar en el mundo no es un proceso que se inicie el último año de escuela secundaria. Por el contrario, las decisiones fundamentales acerca del propio destino que suelen tomarse hacia el final de la adolescencia se sostienen en un entramado tejido durante muchos años, con múltiples hilos, algunos de los cuales provienen de la infancia más temprana. La historia familiar, las características de las figuras de sostén, los recursos simbólicos, las oportunidades, las elecciones de las personas queridas y muchas otras variables forman parte de una trama de significaciones que tiene un peso considerable sobre estas definiciones.  

Por otra parte, durante los años de la adolescencia, los jóvenes van asumiendo provisoriamente distintas posiciones que les permiten “ensayar rasgos de identidad” e ir tomando registro de cuán en sintonía están o no con su ser. Como lo describe con gran lucidez la Lic. P. Zelmanovich en su texto “Contra el desamparo”, esta posibilidad de entrar y salir de distintos lugares simbólicos, les permite verse y registrarse a sí mismos en ellos lo que, a su vez, habilita la posibilidad de imaginarse siendo, haciendo, pensando, sosteniendo diferentes posiciones en la sociedad que los espera.

  En ese tiempo, es muy importante que quienes los acompañamos podamos tener presente este carácter provisorio y no reaccionemos a sus fanatismos pasajeros como si estuviéramos frente a un adulto con una posición tomada, ya que esa actitud no haría más que obstaculizar ese proceso o, lo que es peor, fijar al adolescente a ese rasgo ya sea por adherencia o por necesidad de diferenciación del deseo parental. Por el contrario, resulta muy habilitante del proceso que podemos “jugar” con ellos, siguiéndolos en sus entusiasmos, preguntándoles por ellos, facilitándoles el acceso a los elementos que les permitan explorar esos recovecos del mundo que despiertan su interés y que entrañan la potencia de ser el lugar en el  que finalmente sientan que pueden desarrollarse y dejar su marca.

En el umbral de la vida

Finalizar la escuela es como estar parados en el umbral de la vida. De este lado, el mundo conocido y seguro de la escuela, la casa familiar, los ensayos adolescentes… Un mundo conocido y seguro pero que ya pide ser cambiado por un talle más grande. Por el otro lado, lo ilimitado de la propia existencia, autónoma, toda por estrenarse, pero incierta, más incierta que nunca. Un escenario que asusta y retrae, que genera inhibiciones y angustias y dificulta las elecciones. ¿Dónde poner la mirada para no quedar paralizados?¿De qué forma podemos acompañar en este contexto a nuestros jóvenes en su salir a la vida para que lo transiten con confianza y alegría?

Pienso que cualquier respuesta que se base en analizar probabilidades y estadísticas nos va a llevar al lugar opuesto al que queremos ir. Quizá una posibilidad sea estar atentos a cuál es el objeto de nuestra confianza. Si la tenemos puesta en las posibilidades que ofrece el mercado laboral estamos perdidos. Pero si, en cambio, ponemos la confianza en las posibilidades de los jóvenes tenemos muchas chances de que se miren en el espejo que somos para ellos y lo que vean les permita crear un sentido que motorice su deseo.

Porque eso es lo que tenemos que cuidar en ellos, la capacidad de desear, esto es, dirigir la energía psíquica hacia aquello que nos hace vibrar y que, suponemos, nos va a regalar un significativo bienestar. Para eso es importante aliviar el temor de terminar frustrados animándonos a construir las condiciones que hagan posible aquello que soñamos, o sea, comprometernos.

Hay una canción que se titula “Soñar es de valientes”. Me encanta ese título. Alguien podría pensar que esa expresión tiene que ver con que cuando soñamos siempre se corre el riesgo de que no suceda lo que esperamos que suceda, y sí, podría ser una interpretación. Pero pienso que el coraje de los que sueñan tiene que ver con estar dispuesto a comprometer la propia existencia en hacer posible aquello que les enciende el corazón. Claro que para la lógica del mundo que habitamos, regido por las leyes del mercado y las previsiones de factibilidad, tomar decisiones sin un mínimo de garantías puede ser poco menos que una locura. Pero estamos hablando de sueños. Y a los sueños no los mueven las garantías, los mueve la esperanza.

 

 

 

 

 

 

 

Bienaventuranzas del Docente en tiempos de Pandemia

 

Bienaventurados ustedes, pobres de espíritu, porque con generosidad ponen su tiempo, su saber y sus recursos al servicio de sostener el vínculo de los chicos con la escuela, sin hacer cálculos de costo/beneficio, con el desprendimiento de quien se siente agradecido con la Vida por todo lo recibido y sin esperar otro reconocimiento que el ver crecer lo que sembraron en medio de esta tormenta, porque de ustedes es el reino de los cielos.

Bienaventurados ustedes que lloran de rabia y de impotencia cuando la tecnología parece ponerse en contra y los minutos corren y hay que preparar la cena y atender a los chicos y responder los mails de los padres y tantas otras cosas, porque serán consolados.

Bienaventurados ustedes, los humildes, que con sencillez aceptan la ayuda de los más jóvenes para dominar los medios virtuales y disponen la mente y el corazón para salir de la soledad del aula y trabajar con otros y con otras creando propuestas más plurales e inclusivas, porque heredarán la Tierra

Bienaventurados ustedes, porque tienen hambre y sed de justicia y entonces proponen encuentros fuera de horario, envían tareas por distintos medios, llaman por teléfono y hacen lo imposible para aliviar las desigualdades deseando que cada uno y cada una pueda acceder a lo que la escuela tiene para ofrecer, porque serán saciados.

Bienaventurados ustedes que con corazón misericordioso escuchan las angustias de los papás que sienten que no alcanzan a acompañar a sus hijos como desearían y entienden a los hijos que no pueden responder a todas las propuestas de la escuela porque están sumergidos en una situación difícil de procesar, preocupados por la salud de sus mayores y extrañando la vida conocida que les fue arrebatada, porque recibirán misericordia.

Bienaventurados ustedes, los limpios de corazón, que no buscan glorias ni reconocimientos personales sino el bien y el crecimiento de cada uno y cada una de l@s que les fueron confiad@s, porque verán a Dios.

Bienaventurados ustedes que procuran la paz, mediando en las peleas infantiles que aparecen en el chat o en las rivalidades entre pares,  prestando el oído a unos y a otros y convocando al encuentro y a la escucha, porque serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados ustedes que son perseguidos y criticados por ofrecer oportunidades diferentes a quienes las necesitan y por ir a buscar a cada un@ al lugar en el que se encuentra aunque no sea el que se esperaría, pues de ustedes es el Reino de los cielos.

Bienaventurados ustedes que reciben acusaciones de poco esfuerzo y mucha paga de parte de quienes no tienen idea de las horas de trabajo que hay detrás de una tarea de classroom o un encuentro de zoom. Bienaventurados, también, cuando los persigan y los critiquen por levantar la bandera de las infancias desprotegidas y avasalladas para mostrar al mundo la fragilidad con que niños y niñas de todas las condiciones sociales atraviesan este tiempo de dolor e incertidumbre. Alégrense y regocíjense porque la Recompensa será grande.

 

 

Cuidar el fuego – Acerca de la escuela en cuarentena

Lic. María Susana Alfaro  

La noche iba a ser larga y se anunciaban algunos chubascos. Había que cuidarlo hasta que el Sol calentara de nuevo o, al menos, hasta que todos estuvieran de nuevo en pie y el mismo movimiento permitiera recuperar la temperatura corporal lo suficiente como para volver a la vida.

Ya en otras oportunidades le había tocado la tarea de ayudar a encender el fuego o de avivarlo con algunas ramitas ocasionales, pero nunca como esta vez, que iba a tener que mantenerse despierto y vigilante toda la noche. Semejante responsabilidad le despertaba sentimientos encontrados, un poco de entusiasmo y orgullo y un mucho de temor, no tanto por lo que trajera la oscuridad cuanto por la duda que tenía acerca de su propia capacidad para mantenerse despierto y responder a lo que pudiera acontecer a lo largo de la noche

La noche comenzó serena. El fogón que habían compartido había dejado un remanente de leños gruesos encendidos que le permitieron transcurrir las primeras horas sin problema. Con eso y el mate caliente todo parecía estar bajo control. Cuando el rojo de los troncos empezaba a opacarse, bastaba con arrimar unos puñados de hojarasca y remover un poco las brasas para que enseguida se despertara una llama viva desbordante de luz y calor. Parecía que la cosa iba a ser más sencilla de lo que había supuesto, sólo se trataba de tener una buena parva de ramitas y un palo lo suficientemente largo como para darle unos golpecitos a las brasas de tanto en tanto.

Pero a medida que las horas pasaron y el rocío se hizo sentir la faena empezó a requerir una sensibilidad distinta, el oído más atento al crepitar de la savia dentro de la leña, la mirada y los brazos mejor dispuestos para encontrar troncos más secos y duraderos que pudieran mantener la hoguera encendida sin arrebatarla en un ardor desorbitado. Lo que había comenzado como una tarea casi mecánica de “remover las brasas-agregar ramitas, remover las brasas-agregar ramitas” se transformó en algo artesanal que lo comprometió casi por completo.

Los primeros rayos de sol lo sorprendieron abanicando unos carbones grises con un cartón. Estaban en un huequito, debajo de un pedazote de tronco aún sin encender, rodeado de hojas secas.

-          ¿Encendiendo el fuego, che? – escuchó que le decían mientras le arrimaban un mate caliente

-          No, avivándolo un poco, nomás…

 

  Mucho se ha escrito y se ha dicho en estos meses acerca de cómo hacer escuela en esta coyuntura inédita. Mientras, se multiplican las consultas por niñ@s y adolescentes que se niegan a conectarse a las clases por zoom o a hacer sus tareas, que no logran ordenar su sueño y que empiezan a presentar regresiones y otras señales inequívocas de angustia y depresión.

  Frente a esta situación y sin negar la función ordenadora que la escuela tiene para much@s, pienso que  el desafío más significativo que tenemos hoy quizá no tenga que ver con la tan mentada Continuidad Pedagógica que - como bien advirtió Merieu (1)-  en estas circunstancias depende de incontables factores imposibles de controlar- sino con ser guardianes de ese fuego que es el deseo de aprender, que no es sino una de las formas privilegiadas en que se manifiesta el deseo de vivir. Un fuego interno que hace que nos sintamos convocados por algo, que nos lleva a inventar, a sortear obstáculos, a buscar caminos. Ese impulso vital que nos hace curiosos y nos vuelve creativos, y que cuando no está es tan difícil de encender; un fuego que vive en cada alumn@ y en cada docente y que, cuando se encuentran, se potencian hasta el infinito iluminando y empujando la historia.

 Cuidar el fuego dejando que entre oxígeno, todo el tiempo, mucho oxígeno, para que donde haya apenas una brasita encendida pueda haber una llama que se avive hasta encenderse con fuerza. Dar aire, corrernos, dejar ser el encuentro del maestro con sus discípulos, permitir que se instale el vínculo y se conserve algo de la intimidad del aula, aunque el aula suceda en la cocina de casa.

Cuidar el fuego hasta que amanezca, sabiendo que -a veces- cuidarlo será dejarlo estar, no ahogarlo con un montón de hojarasca que esa llamita no tiene fuerza para consumir y, otras, será atizarlo con confianza guiados por la certeza del calor que se esconde en el corazón del leño.

 Y cuidarlo de los vientos. ¡Ay, los vientos…! Esos huracanes que se levantan cuando hacemos de todo un drama, cuando no valoramos lo que cada uno puede, cuando queremos que las cosas sigan como si nada pasara.

   Seamos guardianes del fuego, para que cuando esto pase nos encontremos con niñ@s y jóvenes que siguen teniendo ganas de reunirse a su alrededor a escuchar y contar historias, a compartir silencios, a celebrar la vida. Defendamos a capa y espada ese fueguito que todos los que hacemos la escuela llevamos dentro, que -si hoy cuidamos las brasas- al volver tendremos con qué encender el futuro.

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(1 )MERIEU, Philippe; 2020 “La escuela después...¿con la pedagogía de antes?”

Este artículo fue publicado en el Boletín Salesiano del mes de agosto del 2020