Soñadores, contra viento y marea
Egresar a la vida en un mundo incierto
Con la
primavera recién estrenada esta época del año suele encontrarnos haciendo
planes. Planes sobre las fiestas de fin de año, planes de vacaciones, planes
para el año próximo… Es como si la tibieza del sol que empezamos a sentir en la
piel y los brotes que revientan en las ramas alimentaran nuestra veta soñadora
poniéndonos en modo futuro. Este fenómeno es particularmente evidente en los
jóvenes que, a punto de terminar su escuela secundaria, vislumbran la cercanía
de un giro significativo en su vida marcado por el cierre de la etapa escolar y
el inicio de una vida más autónoma e independiente. Una proximidad que, por un
lado, pone en evidencia todo lo conocido que queda atrás, llenando el ánimo de
ambivalencias que anudan la garganta pero que, por otro lado, le pone alas a
los sueños e infla los pulmones con el aire nuevo de lo por venir para que dar
el salto sea posible.
Pero ¿qué pasa cuando parados en la encrucijada,
el panorama es poco claro, cuando la visibilidad es pobre y dificultosa, cuando
por todos los canales llegan advertencias acerca de las pocas probabilidades
que existen de que al final del camino encontremos lo que vamos a buscar? ¿Cómo
se hace para dejar el lugar conocido y seguro y apostar nuestras fichas a un
futuro al que es tan difícil darle un sentido? ¿Qué podemos hacer para
acompañarlos en sus angustias?
Decisiones
que vienen de lejos
Quizás
sea importante antes que nada pensar que la posibilidad de definir nuestro
lugar en el mundo no es un proceso que se inicie el último año de escuela
secundaria. Por el contrario, las decisiones fundamentales acerca del propio
destino que suelen tomarse hacia el final de la adolescencia se sostienen en un
entramado tejido durante muchos años, con múltiples hilos, algunos de los
cuales provienen de la infancia más temprana. La historia familiar, las
características de las figuras de sostén, los recursos simbólicos, las
oportunidades, las elecciones de las personas queridas y muchas otras variables
forman parte de una trama de significaciones que tiene un peso considerable sobre
estas definiciones.
Por otra parte, durante los años de la adolescencia,
los jóvenes van asumiendo provisoriamente distintas posiciones que les permiten
“ensayar rasgos de identidad” e ir tomando registro de cuán en sintonía están o
no con su ser. Como lo describe con gran lucidez la Lic. P. Zelmanovich en su
texto “Contra el desamparo”, esta posibilidad de entrar y salir de distintos
lugares simbólicos, les permite verse y registrarse a sí mismos en ellos lo
que, a su vez, habilita la posibilidad de imaginarse siendo, haciendo,
pensando, sosteniendo diferentes posiciones en la sociedad que los espera.
En ese
tiempo, es muy importante que quienes los acompañamos podamos tener presente
este carácter provisorio y no reaccionemos a sus fanatismos pasajeros como si
estuviéramos frente a un adulto con una posición tomada, ya que esa actitud no
haría más que obstaculizar ese proceso o, lo que es peor, fijar al adolescente
a ese rasgo ya sea por adherencia o por necesidad de diferenciación del deseo
parental. Por el contrario, resulta muy habilitante del proceso que podemos
“jugar” con ellos, siguiéndolos en sus entusiasmos, preguntándoles por ellos,
facilitándoles el acceso a los elementos que les permitan explorar esos
recovecos del mundo que despiertan su interés y que entrañan la potencia de ser
el lugar en el que finalmente sientan
que pueden desarrollarse y dejar su marca.
En el umbral
de la vida
Finalizar la escuela es como estar parados en
el umbral de la vida. De este lado, el mundo conocido y seguro de la escuela,
la casa familiar, los ensayos adolescentes… Un mundo conocido y seguro pero que
ya pide ser cambiado por un talle más grande. Por el otro lado, lo ilimitado de
la propia existencia, autónoma, toda por estrenarse, pero incierta, más
incierta que nunca. Un escenario que asusta y retrae, que genera inhibiciones y
angustias y dificulta las elecciones. ¿Dónde poner la mirada para no quedar
paralizados?¿De qué forma podemos acompañar en este contexto a nuestros jóvenes
en su salir a la vida para que lo transiten con confianza y alegría?
Pienso que cualquier respuesta que se base en
analizar probabilidades y estadísticas nos va a llevar al lugar opuesto al que
queremos ir. Quizá una posibilidad sea estar atentos a cuál es el objeto de
nuestra confianza. Si la tenemos puesta en las posibilidades que ofrece el
mercado laboral estamos perdidos. Pero si, en cambio, ponemos la confianza en
las posibilidades de los jóvenes tenemos muchas chances de que se miren en el
espejo que somos para ellos y lo que vean les permita crear un sentido que
motorice su deseo.
Porque eso es lo que tenemos que cuidar en
ellos, la capacidad de desear, esto es, dirigir la energía psíquica hacia aquello
que nos hace vibrar y que, suponemos, nos va a regalar un significativo
bienestar. Para eso es importante aliviar el temor de terminar frustrados animándonos
a construir las condiciones que hagan posible aquello que soñamos, o sea,
comprometernos.
Hay una canción que se titula “Soñar es de
valientes”. Me encanta ese título. Alguien podría pensar que esa expresión tiene
que ver con que cuando soñamos siempre se corre el riesgo de que no suceda lo
que esperamos que suceda, y sí, podría ser una interpretación. Pero pienso que
el coraje de los que sueñan tiene que ver con estar dispuesto a comprometer la
propia existencia en hacer posible aquello que les enciende el corazón. Claro que
para la lógica del mundo que habitamos, regido por las leyes del mercado y las
previsiones de factibilidad, tomar decisiones sin un mínimo de garantías puede
ser poco menos que una locura. Pero estamos hablando de sueños. Y a los sueños
no los mueven las garantías, los mueve la esperanza.
