domingo, 11 de octubre de 2020

 

Soñadores, contra viento y marea

Egresar a la vida en un mundo incierto

 

   Con la primavera recién estrenada esta época del año suele encontrarnos haciendo planes. Planes sobre las fiestas de fin de año, planes de vacaciones, planes para el año próximo… Es como si la tibieza del sol que empezamos a sentir en la piel y los brotes que revientan en las ramas alimentaran nuestra veta soñadora poniéndonos en modo futuro. Este fenómeno es particularmente evidente en los jóvenes que, a punto de terminar su escuela secundaria, vislumbran la cercanía de un giro significativo en su vida marcado por el cierre de la etapa escolar y el inicio de una vida más autónoma e independiente. Una proximidad que, por un lado, pone en evidencia todo lo conocido que queda atrás, llenando el ánimo de ambivalencias que anudan la garganta pero que, por otro lado, le pone alas a los sueños e infla los pulmones con el aire nuevo de lo por venir para que dar el salto sea posible.

Pero ¿qué pasa cuando parados en la encrucijada, el panorama es poco claro, cuando la visibilidad es pobre y dificultosa, cuando por todos los canales llegan advertencias acerca de las pocas probabilidades que existen de que al final del camino encontremos lo que vamos a buscar? ¿Cómo se hace para dejar el lugar conocido y seguro y apostar nuestras fichas a un futuro al que es tan difícil darle un sentido? ¿Qué podemos hacer para acompañarlos en sus angustias?

Decisiones que vienen de lejos

 Quizás sea importante antes que nada pensar que la posibilidad de definir nuestro lugar en el mundo no es un proceso que se inicie el último año de escuela secundaria. Por el contrario, las decisiones fundamentales acerca del propio destino que suelen tomarse hacia el final de la adolescencia se sostienen en un entramado tejido durante muchos años, con múltiples hilos, algunos de los cuales provienen de la infancia más temprana. La historia familiar, las características de las figuras de sostén, los recursos simbólicos, las oportunidades, las elecciones de las personas queridas y muchas otras variables forman parte de una trama de significaciones que tiene un peso considerable sobre estas definiciones.  

Por otra parte, durante los años de la adolescencia, los jóvenes van asumiendo provisoriamente distintas posiciones que les permiten “ensayar rasgos de identidad” e ir tomando registro de cuán en sintonía están o no con su ser. Como lo describe con gran lucidez la Lic. P. Zelmanovich en su texto “Contra el desamparo”, esta posibilidad de entrar y salir de distintos lugares simbólicos, les permite verse y registrarse a sí mismos en ellos lo que, a su vez, habilita la posibilidad de imaginarse siendo, haciendo, pensando, sosteniendo diferentes posiciones en la sociedad que los espera.

  En ese tiempo, es muy importante que quienes los acompañamos podamos tener presente este carácter provisorio y no reaccionemos a sus fanatismos pasajeros como si estuviéramos frente a un adulto con una posición tomada, ya que esa actitud no haría más que obstaculizar ese proceso o, lo que es peor, fijar al adolescente a ese rasgo ya sea por adherencia o por necesidad de diferenciación del deseo parental. Por el contrario, resulta muy habilitante del proceso que podemos “jugar” con ellos, siguiéndolos en sus entusiasmos, preguntándoles por ellos, facilitándoles el acceso a los elementos que les permitan explorar esos recovecos del mundo que despiertan su interés y que entrañan la potencia de ser el lugar en el  que finalmente sientan que pueden desarrollarse y dejar su marca.

En el umbral de la vida

Finalizar la escuela es como estar parados en el umbral de la vida. De este lado, el mundo conocido y seguro de la escuela, la casa familiar, los ensayos adolescentes… Un mundo conocido y seguro pero que ya pide ser cambiado por un talle más grande. Por el otro lado, lo ilimitado de la propia existencia, autónoma, toda por estrenarse, pero incierta, más incierta que nunca. Un escenario que asusta y retrae, que genera inhibiciones y angustias y dificulta las elecciones. ¿Dónde poner la mirada para no quedar paralizados?¿De qué forma podemos acompañar en este contexto a nuestros jóvenes en su salir a la vida para que lo transiten con confianza y alegría?

Pienso que cualquier respuesta que se base en analizar probabilidades y estadísticas nos va a llevar al lugar opuesto al que queremos ir. Quizá una posibilidad sea estar atentos a cuál es el objeto de nuestra confianza. Si la tenemos puesta en las posibilidades que ofrece el mercado laboral estamos perdidos. Pero si, en cambio, ponemos la confianza en las posibilidades de los jóvenes tenemos muchas chances de que se miren en el espejo que somos para ellos y lo que vean les permita crear un sentido que motorice su deseo.

Porque eso es lo que tenemos que cuidar en ellos, la capacidad de desear, esto es, dirigir la energía psíquica hacia aquello que nos hace vibrar y que, suponemos, nos va a regalar un significativo bienestar. Para eso es importante aliviar el temor de terminar frustrados animándonos a construir las condiciones que hagan posible aquello que soñamos, o sea, comprometernos.

Hay una canción que se titula “Soñar es de valientes”. Me encanta ese título. Alguien podría pensar que esa expresión tiene que ver con que cuando soñamos siempre se corre el riesgo de que no suceda lo que esperamos que suceda, y sí, podría ser una interpretación. Pero pienso que el coraje de los que sueñan tiene que ver con estar dispuesto a comprometer la propia existencia en hacer posible aquello que les enciende el corazón. Claro que para la lógica del mundo que habitamos, regido por las leyes del mercado y las previsiones de factibilidad, tomar decisiones sin un mínimo de garantías puede ser poco menos que una locura. Pero estamos hablando de sueños. Y a los sueños no los mueven las garantías, los mueve la esperanza.

 

 

 

 

 

 

 

Bienaventuranzas del Docente en tiempos de Pandemia

 

Bienaventurados ustedes, pobres de espíritu, porque con generosidad ponen su tiempo, su saber y sus recursos al servicio de sostener el vínculo de los chicos con la escuela, sin hacer cálculos de costo/beneficio, con el desprendimiento de quien se siente agradecido con la Vida por todo lo recibido y sin esperar otro reconocimiento que el ver crecer lo que sembraron en medio de esta tormenta, porque de ustedes es el reino de los cielos.

Bienaventurados ustedes que lloran de rabia y de impotencia cuando la tecnología parece ponerse en contra y los minutos corren y hay que preparar la cena y atender a los chicos y responder los mails de los padres y tantas otras cosas, porque serán consolados.

Bienaventurados ustedes, los humildes, que con sencillez aceptan la ayuda de los más jóvenes para dominar los medios virtuales y disponen la mente y el corazón para salir de la soledad del aula y trabajar con otros y con otras creando propuestas más plurales e inclusivas, porque heredarán la Tierra

Bienaventurados ustedes, porque tienen hambre y sed de justicia y entonces proponen encuentros fuera de horario, envían tareas por distintos medios, llaman por teléfono y hacen lo imposible para aliviar las desigualdades deseando que cada uno y cada una pueda acceder a lo que la escuela tiene para ofrecer, porque serán saciados.

Bienaventurados ustedes que con corazón misericordioso escuchan las angustias de los papás que sienten que no alcanzan a acompañar a sus hijos como desearían y entienden a los hijos que no pueden responder a todas las propuestas de la escuela porque están sumergidos en una situación difícil de procesar, preocupados por la salud de sus mayores y extrañando la vida conocida que les fue arrebatada, porque recibirán misericordia.

Bienaventurados ustedes, los limpios de corazón, que no buscan glorias ni reconocimientos personales sino el bien y el crecimiento de cada uno y cada una de l@s que les fueron confiad@s, porque verán a Dios.

Bienaventurados ustedes que procuran la paz, mediando en las peleas infantiles que aparecen en el chat o en las rivalidades entre pares,  prestando el oído a unos y a otros y convocando al encuentro y a la escucha, porque serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados ustedes que son perseguidos y criticados por ofrecer oportunidades diferentes a quienes las necesitan y por ir a buscar a cada un@ al lugar en el que se encuentra aunque no sea el que se esperaría, pues de ustedes es el Reino de los cielos.

Bienaventurados ustedes que reciben acusaciones de poco esfuerzo y mucha paga de parte de quienes no tienen idea de las horas de trabajo que hay detrás de una tarea de classroom o un encuentro de zoom. Bienaventurados, también, cuando los persigan y los critiquen por levantar la bandera de las infancias desprotegidas y avasalladas para mostrar al mundo la fragilidad con que niños y niñas de todas las condiciones sociales atraviesan este tiempo de dolor e incertidumbre. Alégrense y regocíjense porque la Recompensa será grande.

 

 

Cuidar el fuego – Acerca de la escuela en cuarentena

Lic. María Susana Alfaro  

La noche iba a ser larga y se anunciaban algunos chubascos. Había que cuidarlo hasta que el Sol calentara de nuevo o, al menos, hasta que todos estuvieran de nuevo en pie y el mismo movimiento permitiera recuperar la temperatura corporal lo suficiente como para volver a la vida.

Ya en otras oportunidades le había tocado la tarea de ayudar a encender el fuego o de avivarlo con algunas ramitas ocasionales, pero nunca como esta vez, que iba a tener que mantenerse despierto y vigilante toda la noche. Semejante responsabilidad le despertaba sentimientos encontrados, un poco de entusiasmo y orgullo y un mucho de temor, no tanto por lo que trajera la oscuridad cuanto por la duda que tenía acerca de su propia capacidad para mantenerse despierto y responder a lo que pudiera acontecer a lo largo de la noche

La noche comenzó serena. El fogón que habían compartido había dejado un remanente de leños gruesos encendidos que le permitieron transcurrir las primeras horas sin problema. Con eso y el mate caliente todo parecía estar bajo control. Cuando el rojo de los troncos empezaba a opacarse, bastaba con arrimar unos puñados de hojarasca y remover un poco las brasas para que enseguida se despertara una llama viva desbordante de luz y calor. Parecía que la cosa iba a ser más sencilla de lo que había supuesto, sólo se trataba de tener una buena parva de ramitas y un palo lo suficientemente largo como para darle unos golpecitos a las brasas de tanto en tanto.

Pero a medida que las horas pasaron y el rocío se hizo sentir la faena empezó a requerir una sensibilidad distinta, el oído más atento al crepitar de la savia dentro de la leña, la mirada y los brazos mejor dispuestos para encontrar troncos más secos y duraderos que pudieran mantener la hoguera encendida sin arrebatarla en un ardor desorbitado. Lo que había comenzado como una tarea casi mecánica de “remover las brasas-agregar ramitas, remover las brasas-agregar ramitas” se transformó en algo artesanal que lo comprometió casi por completo.

Los primeros rayos de sol lo sorprendieron abanicando unos carbones grises con un cartón. Estaban en un huequito, debajo de un pedazote de tronco aún sin encender, rodeado de hojas secas.

-          ¿Encendiendo el fuego, che? – escuchó que le decían mientras le arrimaban un mate caliente

-          No, avivándolo un poco, nomás…

 

  Mucho se ha escrito y se ha dicho en estos meses acerca de cómo hacer escuela en esta coyuntura inédita. Mientras, se multiplican las consultas por niñ@s y adolescentes que se niegan a conectarse a las clases por zoom o a hacer sus tareas, que no logran ordenar su sueño y que empiezan a presentar regresiones y otras señales inequívocas de angustia y depresión.

  Frente a esta situación y sin negar la función ordenadora que la escuela tiene para much@s, pienso que  el desafío más significativo que tenemos hoy quizá no tenga que ver con la tan mentada Continuidad Pedagógica que - como bien advirtió Merieu (1)-  en estas circunstancias depende de incontables factores imposibles de controlar- sino con ser guardianes de ese fuego que es el deseo de aprender, que no es sino una de las formas privilegiadas en que se manifiesta el deseo de vivir. Un fuego interno que hace que nos sintamos convocados por algo, que nos lleva a inventar, a sortear obstáculos, a buscar caminos. Ese impulso vital que nos hace curiosos y nos vuelve creativos, y que cuando no está es tan difícil de encender; un fuego que vive en cada alumn@ y en cada docente y que, cuando se encuentran, se potencian hasta el infinito iluminando y empujando la historia.

 Cuidar el fuego dejando que entre oxígeno, todo el tiempo, mucho oxígeno, para que donde haya apenas una brasita encendida pueda haber una llama que se avive hasta encenderse con fuerza. Dar aire, corrernos, dejar ser el encuentro del maestro con sus discípulos, permitir que se instale el vínculo y se conserve algo de la intimidad del aula, aunque el aula suceda en la cocina de casa.

Cuidar el fuego hasta que amanezca, sabiendo que -a veces- cuidarlo será dejarlo estar, no ahogarlo con un montón de hojarasca que esa llamita no tiene fuerza para consumir y, otras, será atizarlo con confianza guiados por la certeza del calor que se esconde en el corazón del leño.

 Y cuidarlo de los vientos. ¡Ay, los vientos…! Esos huracanes que se levantan cuando hacemos de todo un drama, cuando no valoramos lo que cada uno puede, cuando queremos que las cosas sigan como si nada pasara.

   Seamos guardianes del fuego, para que cuando esto pase nos encontremos con niñ@s y jóvenes que siguen teniendo ganas de reunirse a su alrededor a escuchar y contar historias, a compartir silencios, a celebrar la vida. Defendamos a capa y espada ese fueguito que todos los que hacemos la escuela llevamos dentro, que -si hoy cuidamos las brasas- al volver tendremos con qué encender el futuro.

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(1 )MERIEU, Philippe; 2020 “La escuela después...¿con la pedagogía de antes?”

Este artículo fue publicado en el Boletín Salesiano del mes de agosto del 2020

 

domingo, 14 de octubre de 2018

Hace un año...y seguimos soñando y resistiendo!!!

SOÑAR Y RESISTIR
Desde hace unas semanas las plazas y calles del conurbano se inundan de chicos y adolescentes que tienen que dejar la seguridad y tranquilidad de sus aulas  porque alguien decidió que provocar esa situación es una buena manera de lograr algo.
No sabemos con certeza quién es ese "alguien" ni qué su correspondiente "algo", pero lo cierto es que nuestros chicos y chicas se han vuelto expertos en guardar rápido los útiles en sus mochilas para salir caminando "ligerito pero sin correr" por la puerta de la escuela hacia el parque, o la plaza o la calle, por la misma puerta que, un rato antes nomás, los habíamos visto entrar para encontrarse con sus amigos y aprender cosas nuevas.
Los primeros días algunos lloraban y otros estaban fascinados por lo que, entendían, era una novedosa aventura. Después, empezaron a fastidiarse y ahora ya vienen preparados para la contingencia con algún mazo de cartas o un libro para leer o un juego para hacer mientras dure la espera.
"Estamos mal pero acostumbraos" decía el querido Inodoro Pereyra. Y hacia allá parece querer llevarnos esta situación a docentes y alumnos, obligándonos a navegar cada mañana por un mar de incertidumbre.
Pero, le pese a quien le pese, la escuela sigue siendo un lugar para resistir y soñar. Una resistencia hecha de canciones, de acertijos, de mate compartido, de clases al sol, de lecturas ocasionales, de papás que acercan un café y de bolsas de tutuca que circulan entre los amigos. Una resistencia que se renueva cada día y cobra fuerza cada vez que alguien pregunta "seño, ya vino la brigada?" "Vamos a tener educación física? " Cuándo vamos a poder terminar de ver el vídeo?"
Mientras las actividades que estaban pensadas para estos días se van agolpando en las páginas de la agenda que siguen al 22 de octubre, en la escuela seguimos soñando y resistiendo. Lo hacemos
esperando que quienes tienen la responsabilidad de garantizarnos condiciones de seguridad digan algo.Esperando que, con la misma rapidez y fuerza con que enjuician a los docentes por tantas cosas, los medios de comunicación se hagan eco de los innumerables gestos de sostén que los maestros tienen en estos días para con los chicos. Esperando que a nadie más se le ocurra decir que los chicos de hoy son desatentos e hiperactivos por vaya a saber qué misterio de la neurobiología del nuevo milenio, como si todo esto que  atraviesa sus infancias pudiera ser sin consecuencias.

Queremos educar en paz. Queremos educar para la paz. Y que este grito de los docentes y los alumnos encuentre eco en todos los espacios  y en todas las personas.
                                           M.S.A.

martes, 7 de agosto de 2018

La parte que comparto del pañuelo verde

Para mí la Vida es Sagrada. Todo el tiempo nos muestra qué lejos está nuestra humanidad de poder manejarla a su antojo. Estamos lejos de entender sus misterios, que tantas veces nos dejan -como diría Serrat- "chupando un palo sentados sobre una calabaza".
Ni todo el oro del mundo ni toda la ciencia acumulada han podido hasta hoy hacer surgir la vida donde no la hay. La vida nos excede. En ella se manifiesta una fuerza que va mucho más allá de nuestra capacidad de entendimiento, una fuerza que ordena el caos con una lógica que a veces no entendemos. Una fuerza que algunos nombramos diciendo "Dios". Para mí, "Dios" es la Vida abundante que se derrama a, ante, con, de desde, en, entre, para, por y sobre todos los seres creados. "Dios" es la Presencia de la Vida entre nosotros.
Por eso, porque es expresion de Dios, cada pequeña manifestación de Vida es para mi sagrada y debe ser tratada con el respeto y la unción propios de lo sagrado.
Pero pienso también que, justamente por eso, cuando las personas tenemos que tomar decisiones  que
involucran directamente la vida y la muerte nos encontramos en un terreno que es para nosotros de una enorme complejidad. Y creo
que nadie puede juzgar la decision que otro toma en la intimidad de su conciencia, después de haber mantenido vaya uno a saber qué batallas contra quien sabe qué demonios provenientes de la historia personal, la cultura, la religión y tantos otros lugares.
Me ha tocado conocer de cerca alguna de esas situaciones dolorosas, verdaderas tragedias humanas que han partido la vida de las personas en un antes y un después de una decisión. 
Y deseo que sin importar de donde viene, cuánto dinero tiene, ni por qué está en esa situación, cada persona  que pase por ese terrible lugar, tenga a su lado  personas queridas que la ayuden a pensar sus opciones y la acompañen  y un estado que le garantice respeto por la intimidad de su conciencia y, por lo tanto, le ofrezca condiciones de seguridad sanitaria para llevar adelante su decisión, sin agregarle a su drama el drama de la clandestinidad.
Por eso, solo por eso, y a pesar de que quizá no lo hubiera pensado así en un principio, espero que la despenalización del aborto sea ley. A pesar de todos los peros que hay en mi cabeza, en mí corazón y en mis entrañas.

domingo, 14 de enero de 2018

"...en el diario no hablaban de ti..."



    La mañana del viernes empezó temprano. A las seis y media algo me despertó y cuando miré el teléfono para ver qué hora era, vi que había mensajes sin leer. Ahí estaba la noticia: mientras yo dormía, habías llegado al mundo. La noticia venía acompañada de tu primera foto: vos apoyada en el pecho de tu mamá, que te daba el primer abrazo fuera de la panza. Acunada por esa imagen, volví a dormirme un rato más.
   Finalmente, en algún momento de las horas siguientes, llegué a la cocina a desayunar y vi en la ventana el diario. Siguiendo un ritual inconsciente, le saqué la gomita que le pone el diariero para que quede enrollado, lo apoyé sobre la mesa al lado del café con leche y encendí el canal de las noticias.
     Mientras daba vueltas las hojas del diario, escuchaba "de reojo" lo que iban diciendo los periodistas. Que el dólar, que el alerta naranja por el calor, que los jueces, que los políticos, que los turistas, que el Papa en Chile... Y en medio de esa catarata de noticias escuchadas de sobrevuelo, me sorprendí a mi misma pensando que la noticia más importante del día no estaba en ningún portal. Nada sabia el mundo de tu cachete redondito y rosado aplastado contra el pecho de tu mamá en esa foto inaugural. Nada sabia del amor con que tus papás prepararon el nido para tu llegada, ni de los temores que enfrentaron juntos en estas últimas noches de espera, ni del techito que construyó tu papá para que tu mamá pudiera tomarse unos mates a la sombra. Nada de eso sabían los periodistas, ni de las cuadras caminadas por ellos en estos meses, hasta el colectivo, a la madrugada, para no perder el turno en el hospital, ni del entusiasmo con que tu mamá me contaba lo que había aprendido en el curso de preparto. Nada decía tampoco el diario de la angustia que tenía tu papá hace unas semanas pensando qué iba a hacer si el parto se presentaba, porque los remises no quieren entrar al barrio de noche y entre los vecinos casi nadie tiene auto. Nada de nada. Entre los cientos de imágenes que pasaban por la pantalla y las decenas de fotos que estaban en el diario, no había ninguna que mostrara tus cachetes, ni la sonrisa orgullosa de tu mamá, ni el techito que construyó tu papá. 
   Y entonces pensé que quizá las cosas están como están porque nos preocupamos y hablamos y sabemos más de las fluctuaciones del dólar que de tu pelito negro y suave como la seda. Y me sentí privilegiada de poder estar en primera fila para disfrutar el espectáculo de la Vida que, a pesar de todo, se derrama abundante entre nosotros.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Para los maestros


Septiembre


Esta carta la escribí hace dos años respondiendo a la consigna de trabajo de un curso que estaba haciendo. En ese momento sólo se la entregué a las docentes con las que trabajábamos más de cerca. Hoy la dejo acá, porque la búsqueda continúa y mi carño y admiración por los docentes que tienen alma de buscadores crece cada día.


Ramos Mejía, septiembre de 2014
Queridos amigos:
                                El mes de septiembre huele a tizas y pizarrón, a aserrín de lápices de colores, a ramitos de flores, a guardapolvos. Huele mástil, a patio, a registro, a pañuelitos de papel, a sellitos, a caritas felices y tristes…. El mes de septiembre, indiscutiblemente, huele a escuela. Y en nuestra escuela el mes de septiembre también huele a aljibe, y a fresnos y tilos que despuntan.
                          Tanto perfume, y la proximidad del día del Maestro, me trajeron la idea de compartir con ustedes estos pensamientos que tienen que ver con lo que vivimos juntos cada mañana y cada tarde, con lo que nos reúne y también con lo que nos enfrenta, con lo que nos emociona, nos peocupa, nos enoja, nos hace pensar.
                                Muchas veces, a lo largo del año, fuimos intercambiando opiniones y pareceres sobre lo que vamos viviendo. Miles de veces comenzamos a enhebrar algunas ideas a las que el toque de timbre inevitablemente dejaba inconclusas junto con el cafecito que las inspiraba. En montones de oportunidades me encontré a mi misma soliloqueando,  rumiando alguna idea, algún texto que había leído, alguna expresión que había escuchado. Pensé entonces, que para este Día del maestro, podía hacerles un regalo hecho de palabras, contándoles esas cosas que me van rondando la mente y el corazón a propósito de esta tarea tan hermosa que nos convoca, y que la corrida de todos los días no nos permite compartir. No son ideas muy ordenadas; sino más bien una catarata de sentires y pensares, dichos así como me inundan.
                              Si algo caracterizó a este año de trabajo, fue que nos vimos impelidos a encontrar modos de acompañar a algunos chicos desde un lugar distinto al que lo hacíamos habitualmente. De pronto, se multiplicaron las situaciones en las que los modos conocidos, institucionalizados, los que pensábamos como propios de lo escolar no nos alcanzaban. Nos encontramos con niños que desafiaban nuestro saber con su impulsividad, con su lenguaje obsceno, con su intención de dañar, con su falta de registro del otro. Niños “inacotables” que nos confrontaron con nuestro límite tanto en lo personal como en lo institucional.
                             En algún momento sentimos que no íbamos a poder. Apareció la pregunta en torno a si la escuela tenía que ocuparse de estas cosas o si era era un exceso que nos eximía de responsabilidad. Fue una pregunta que generó muy diversas posiciones: hubo quien se angustió y se inmovilizó, quien se asustó y se negó a involucrarse, quien se enojó y cuestionó duramente y hubo quienes mantuvieron la pregunta abierta y algunas respuestas pudieron empezar a desplegarse (en realidad, creo que todos fuimos pasando, simultánea o alternativamente, por esos lugares). Así, fuimos encontrando juntos nuevos modos de alojar niños nuevos. Pudimos pensar muy en singular algunas alternativas, vislumbramos que no eran las grandes intervenciones sino los pequeños gestos de hospitalidad los que iban a marcar la diferencia. Y entonces vimos un niño donde sólo había un caso, escuchamos el murmullo de su deseo por sobre lo que gritaba el diagnóstico, armamos un juego con lo loco. Y al ver, escuchar y armar le dimos existencia!
                                   Pienso en lo difícil que habrá sido para muchos de ustedes hacer este pasaje. La escuela en la que fuimos alumnos, las formas escolares por la que estamos atravesados nos cuentan otra cosa. La escuela de nuestro imaginario está hecha de objetos y gestos que hablan de control, de asimetría, de sospecha, de transmisión, objetos y gestos “portadores de metáforas que nos atraviesan y condicionan nuestras decisiones y nuestros modos de sentir y pensar la escuela(1). Hemos ido avanzando, permitiendo y hasta disfrutando de que nuestros chicos personalicen sus objetos, permitiendo que algo de lo particular de sí mismos quede representado en ellos, y también nosotros fuimos personalizando los nuestros (no imagino a la Hermana Georgina de mi escuela abriendo el aula con un llavero de rana de peluche, ni a la Srta. Mary dibujándonos caritas con lapiceras de brillitos) pero ¡cuánto más difícil nos resulta pensar en personalizar los procesos! Todavía lo sentimos como una transgresión a los ideales escolares más sagrados. En algún lugar, casi sin que nos demos cuenta, el “todos igual, al mismo tiempo, de la misma manera” sigue causando efecto. Estamos tan acostumbrados a pensar la infancia como un dato directamente relacionado con lo cronológico más que como el individualísimo encuentro entre lo singular del sujeto y el modo en que la cultura da significado ese tiempo de la vida, que nos exige todo un esfuerzo permitirnos ver las diferencias abismales que existen entre la experiencia infantil de un niño y otro que, vestidos de uniforme y con las mismas tareas en su cuaderno, parecen casi iguales.
                                Sin embargo, cuando logramos verlo, y podemos poner en suspenso lo que los distintos informes (el del psicólogo, el del neurólogo, el del grupo de padres, el del maestro anterior, el de su madre…) explican de él y hacer lugar a nuestra nuestra propia mirada, nos encontramos con la luminosa experiencia de asistir al despliegue de algo nuevo, algo del orden de lo inesperado, de lo sorpresivo en el mejor de los sentidos.
Al respecto, les dejo este pedacito de un hermoso texto de Jorge Larrosa:

“… la infancia no es nunca lo que sabemos (es lo otro de nuestros saberes), sin embargo es portadora de una verdad que debemos ponernos en disposición de escuchar; no es nunca la presa de nuestro poder (es lo otro que no puede ser sometido), pero al mismo tiempo requiere nuestra iniciativa; no está nunca en el lugar que le damos (es lo otro que no puede ser abarcado), pero debemos abrir un lugar que la reciba. Eso es la experiencia del niño como otro: el encuentro con una verdad que no acepta la medida de nuestro saber, con una demanda de iniciativa que no acepta la medida de nuestro poder, y con una exigencia de hospitalidad que no acepta la medida de nuestra casa.”(2)

                                                    ¿No es una manera preciosa de describir la función del educador? Siempre que leo estas palabras pienso en la estuctural contradicción que plantean: un saber, un poder y un alojamiento que no pueden no estar pero que, para ser eficaces, deben ser incompletos. Lo adecuado de su función radica en su inadecuación, en la presencia de lo que falta, en la ubicación de un lugar vacío que esté disponible para alojar lo nuevo.

                                                    Pero no es sencillo encarnar este lugar.  Hay que pasar el vértigo que nos produce no tener todas las respuestas y disponernos a asumir el riesgo del encuentro con lo inesperado, con la certeza de que el riesgo que asumimos en esa apuesta a favor conjura otro riesgo, el que opera como amenaza y acecha la infancia de nuestros niños, quienes se encuentran sometidos de múltiples formas al brutal encuentro con el sexo, la crueldad y la muerte, encuentros frente a los cuales su precario psiquismo no tiene recursos,  ofreciéndonos como resultado niños agitados, desconectados, dispersos, reactivos…  

A propósito, les dejo este otro extracto, esta vez de P. Zelmanovich:

            “...es posible sostener la idea de que a los adultos en las escuelas nos cabe la función, la responsabilidad de preservar al niño ejerciendo, ejercitando nuestro papel de mediadores con la realidad, porque esa mediación opera como pantalla protectora. Ejemplos elocuentes de esa mediación son la respuesta al pedido del cuento que hace el niño antes de dormir (…), o la señorita Alicia quien, cuando llegan Marian de muy mal talante al aula de tercer grado y les pega e insulta a sus compañeros, media poniéndole un limite al desborde, sin desentenderse del padecimiento que sufre en su hogar con un padre desocupado y una madre que trabaja de la mañana a la noche, pero ofreciendo “ocasiones” de encontrarse con buena literatura, aunque al comienzo siempre la rechace.(…) Esto nos lleva a pensar que lo que se juega hoy entre un educador y un alumno, para que se logre una transmisión, es el ofrecimiento de esas referencias, de esos significados que le permiten al alumno construir su diferencia, que es su propia palabra. Y en ello va la asimetría, la protección y el reconocimiento de la vulnerabilidad del niño. De allí la necesidad de pensar y operar sobre las dificultades que tenemos hoy los adultos para sostener una asimetría frente a los chicos, que constituye, en definitiva, el soporte de esa trama de significados que ampara y protege”(3)

                    “Lo más hermoso del desierto es que en cualquier lugar esconde un pozo”, dice Saint Exúpery en los labios del Principito. No dice que en el desierto necesitamos agua, sino que el agua está en el mismo desierto. Estoy convencida de que es así: es en las entrañas de las debilidades donde se gestan las fortalezas.  El texto de P. Zelmanovich nos da algunas pistas acerca de cómo hacer brotar agua en el desierto. Seguramente cada uno de ustedes y todos juntos iremos encontrando otras, como lo hicimos en estos últimos meses. A mi no me queda más que darles las gracias por la tarea compartida, por las preguntas, por las incertidumbres y por dejarme estar ahí, a la par, acompañándolos en el camino.
                    Y hablando de conjurar fantasmas con relatos, me despido con el comienzo de un poema de Rubén Darío que mi papá me recitaba cuando era chica y que yo escuchaba cada vez como si fuera nuevo:

                              A Margarita Debayle

                          “Margarita, está linda la mar
                           y el viento
                           lleva escencia sutil de azahar.
                           Yo siento
                           en el alma una alondra cantar
                           tu acento.
                           Margarita, te voy a contar
                           un cuento…”
              
                                                                Con todo cariño, María Susana