Cuidar
el fuego – Acerca
de la escuela en cuarentena
La noche iba a ser larga y se
anunciaban algunos chubascos. Había que cuidarlo hasta que el Sol calentara de
nuevo o, al menos, hasta que todos estuvieran de nuevo en pie y el mismo
movimiento permitiera recuperar la temperatura corporal lo suficiente como para
volver a la vida.
Ya en otras oportunidades le
había tocado la tarea de ayudar a encender el fuego o de avivarlo con algunas
ramitas ocasionales, pero nunca como esta vez, que iba a tener que mantenerse
despierto y vigilante toda la noche. Semejante responsabilidad le despertaba
sentimientos encontrados, un poco de entusiasmo y orgullo y un mucho de temor, no
tanto por lo que trajera la oscuridad cuanto por la duda que tenía acerca de su
propia capacidad para mantenerse despierto y responder a lo que pudiera
acontecer a lo largo de la noche
La noche comenzó serena. El fogón
que habían compartido había dejado un remanente de leños gruesos encendidos que
le permitieron transcurrir las primeras horas sin problema. Con eso y el mate
caliente todo parecía estar bajo control. Cuando el rojo de los troncos
empezaba a opacarse, bastaba con arrimar unos puñados de hojarasca y remover un
poco las brasas para que enseguida se despertara una llama viva desbordante de
luz y calor. Parecía que la cosa iba a ser más sencilla de lo que había
supuesto, sólo se trataba de tener una buena parva de ramitas y un palo lo
suficientemente largo como para darle unos golpecitos a las brasas de tanto en
tanto.
Pero a medida que las horas pasaron
y el rocío se hizo sentir la faena empezó a requerir una sensibilidad distinta,
el oído más atento al crepitar de la savia dentro de la leña, la mirada y los
brazos mejor dispuestos para encontrar troncos más secos y duraderos que
pudieran mantener la hoguera encendida sin arrebatarla en un ardor desorbitado.
Lo que había comenzado como una tarea casi mecánica de “remover las brasas-agregar
ramitas, remover las brasas-agregar ramitas” se transformó en algo artesanal
que lo comprometió casi por completo.
Los primeros rayos de sol lo
sorprendieron abanicando unos carbones grises con un cartón. Estaban en un
huequito, debajo de un pedazote de tronco aún sin encender, rodeado de hojas
secas.
-
¿Encendiendo el fuego, che? – escuchó que le
decían mientras le arrimaban un mate caliente
-
No, avivándolo un poco, nomás…
Mucho
se ha escrito y se ha dicho en estos meses acerca de cómo hacer escuela en esta
coyuntura inédita. Mientras, se multiplican las consultas por niñ@s y
adolescentes que se niegan a conectarse a las clases por zoom o a hacer sus
tareas, que no logran ordenar su sueño y que empiezan a presentar regresiones y
otras señales inequívocas de angustia y depresión.
Frente a esta situación y sin negar la función ordenadora que la escuela
tiene para much@s, pienso que el desafío
más significativo que tenemos hoy quizá no tenga que ver con la tan mentada
Continuidad Pedagógica que - como bien advirtió Merieu (1)- en estas circunstancias depende de incontables
factores imposibles de controlar- sino con ser guardianes de ese fuego que es
el deseo de aprender, que no es sino una de las formas privilegiadas en que se
manifiesta el deseo de vivir. Un fuego interno que hace que nos sintamos
convocados por algo, que nos lleva a inventar, a sortear obstáculos, a buscar
caminos. Ese impulso vital que nos hace curiosos y nos vuelve creativos, y que
cuando no está es tan difícil de encender; un fuego que vive en cada alumn@ y
en cada docente y que, cuando se encuentran, se potencian hasta el infinito
iluminando y empujando la historia.
Cuidar el fuego dejando que entre oxígeno,
todo el tiempo, mucho oxígeno, para que donde haya apenas una brasita encendida
pueda haber una llama que se avive hasta encenderse con fuerza. Dar aire, corrernos,
dejar ser el encuentro del maestro con sus discípulos, permitir que se instale
el vínculo y se conserve algo de la intimidad del aula, aunque el aula suceda
en la cocina de casa.
Cuidar el fuego hasta que
amanezca, sabiendo que -a veces- cuidarlo será dejarlo estar, no ahogarlo con
un montón de hojarasca que esa llamita no tiene fuerza para consumir y, otras,
será atizarlo con confianza guiados por la certeza del calor que se esconde en
el corazón del leño.
Y cuidarlo de los vientos. ¡Ay, los vientos…!
Esos huracanes que se levantan cuando hacemos de todo un drama, cuando no valoramos
lo que cada uno puede, cuando queremos que las cosas sigan como si nada pasara.
Seamos guardianes del fuego, para que cuando esto pase nos encontremos
con niñ@s y jóvenes que siguen teniendo ganas de reunirse a su alrededor a escuchar
y contar historias, a compartir silencios, a celebrar la vida. Defendamos a
capa y espada ese fueguito que todos los que hacemos la escuela llevamos dentro,
que -si hoy cuidamos las brasas- al volver tendremos con qué encender el futuro.
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(1 )MERIEU, Philippe; 2020 “La
escuela después...¿con la pedagogía de antes?”
Este artículo fue publicado en el Boletín Salesiano del mes de agosto del 2020

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